Las calesitas de nuestra ciudad

De nuestra redacción.- Apenas sabe caminar pero tiene muy claro qué le dicen cuando le prometen ir a la calesita. Invadida por el estado de felicidad más exultante que conoce, elije el caballo y deja para otras vueltas el barco, el avión y la moto. Sin dudarlo se trepa porque no puede esperar que la ayuden a subir a ese corcel de madera que dobla su altura. Pronto, todo comenzará a girar y a llenarse de encanto. Sus ojos iluminan más que las lucecitas que dentro de esa caja de música gigante despiertan a una plaza silenciada, fría y gris, apostada en la plaza de cualquier barrio. Un gato con botas, un oso bailarín y los tres chanchitos dibujados sobre paneles de madera le sonríen y ella les devuelve el gesto y saluda a quien la mire, y a su madre, que comparte el fulgor en la mirada. Y, entre vueltas y coplas, la sortija le invita una vueltita más. Sorprende qué calida y colorida puede ser una tarde de invierno al calor de una calesita.

Ella es cualquier nene o nena en cualquiera de las cincuenta calesitas de la Ciudad o de las miles que, apostadas en plazas del conurbano, giran a un ritmo encantador. También, es el recuerdo de la infancia de tantas otras generaciones en cuyas vueltas fantasearon quienes subieron a sus vueltas, luego que arribara la primera al país, en 1870, para instalarse en el antiguo barrio del Parque, donde hoy se encuentra la plaza Lavalle.

Pocos años después, en 1891, comenzaría su larga historia de fabricación local de la mano del español De la Huerta, Cirilo Bourrel y Francisco Meric; y que se continuaría, tiempo después, por muchos otros fabricantes como Sequalino Hermanos, empresa rosarina que fabricó carruseles entre 1943 y 1984.

Los inmigrantes, que tan caros son al sentir y a la construcción identitaria local, fueron los calesiteros por excelencia. Entre otros motivos, porque fabricantes como De la Huerta, se las ofrecía con facilidades de pago como alegre yeite.

Las calesitas son parte del capital cultural de Buenos Aires, porque son componente del ADN popular y porque en 2007 la Legislatura porteña declaró patrimonio cultural a 32 de ellas.

Aunque no haya una calesita por barrio, la gran mayoría de ellos cuentan con una donde la mística se mantiene intacta. Palermo, por ejemplo, enorgullece con sus ocho tiovivos, seguido por barrios como Caballito, Flores y Saavedra en los que hay hasta cuatro. Pero Villa Luro saca chapa con la antigüedad pues La Calesita de Don Luis, en Ramón L. Falcón 5990, funciona desde 1920; seguido por la de Pompeya, conocida como La Calesita Pedrito, en Traful y Avenida Sáenz, que hace lo propio desde 1939.

Entre las cincuenta y tantas calesitas de la Ciudad, ocho datan de la década del 60, como es el caso de la que funciona en el Parque Lezama, en San Telmo, y la de Barrio Norte, conocida como La Calesita Robertito, en Anchorena y Av. Córdoba, que fue restaurada y reinaugurada en 2009.

Al momento de indagar su historia, el Museo Internacional de Arte Carrusel asegura que existen rastros de calesita en imágenes del imperio bizantino del año 500, donde se observa a un grupo de personas divirtiéndose sobre una base giratoria. Pero la historia puede ser narrada a partir de 1100 cuando españoles e italianos observaron que jinetes turcos jugar con caballos de madera. Al regreso de sus cruzadas, definieron esta novedad como pequeña “guerra”: garosello en Italia, carosella en España. Luego, el carrusel fue adoptado como un dispositivo de entrenamiento para jinetes. Pero fue en 1860, en Estados Unidos, cuando Gustav Dentzel devolvería para la posteridad al carrusel su rol de entretenimiento familiar.