Historias de mi barrio

De nuestra redacciòn.- De aquel Bar de Caseros y Entre Ríos, en Barracas

La actual es la época del poliuretano, que vino a suceder a la de la fórmica y ésta reemplazó a la antediluviana de la madera maciza, sin placas ni revestimientos plásticos. De aquel tiempo y aquella estética era el bar de Picuco, instalado casi en la esquina de Caseros y Entre Ríos, donde cada vez que se inundaba la calle había que correr un puente de metal para cruzarla. El boliche era un símbolo de lo autóctono, y en esas mesas de sólido quebracho abrevaban su sed de alcohol, a mediados de la década de los 60s., los sedientos de aperitales, pinerales y hierbas mesopotámicas embebidas en combustibles de graduaciones no inferiores a los 95 grados.

En ese pequeño local, con piso de pinotea, alternaban un galaico desollador que cumplía ignotos menesteres en el nosocomio vecino; el conductor de una chata que transportaba carbón y forrajes; un luchador de catch-as-catch-can venido a menos; un futbolista de vera prosapia al que un club de la segunda división no le quería dar el pase a una institución de primer grado y varios practicantes del referido nosocomio que solían entrarle impiadosamente a las gruesas fetas de matambre casero y al vino grueso y picantón que despachaba Picuco, “alma pater” del fondín. La historia del café se enriqueció súbitamente cuando su equipo representativo se alzó con un torneo de papy-fútbol en el vecino club Barracas Central y Picuco pagó ¡una vuelta para todos! Pero la historia recién comienza y prometemos seguir contándola…

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