Evocación del barrio y sus personajes

De nuestra redacción.- ¡Qué hondo misterio emana de calles anochecidas que recogen todavía el misterio de la poesía de Fernán Félix de Amador o la angustia ribereña y metafísica de Enrique Wernicke! ¡Qué ignotas confesiones atesoran los pedregosos muros de casas solariegas! ¡Qué melancólicas tinieblas esconden la plazoleta de la estación, el viejo frontispicio de la Sociedad de Beneficencia y hasta la casona colonial enclavada a su vera!

Reminiscencias de Poe, misterios del barrio, que en determinadas no ches de invierno, cuando la humedad se encajona, semeja augustas e indesafiables calles de Londres, Pátina del tiempo y lá grimas nostalgiosas que visitan los rostros de los que no están y siguen estando.

Inspiración

Este es un mes que se presta para recordar a Mamerto Esquiú, llamado con justicia Orador de la Constitución, periodista de cristiana esencia, cuya suprema meta fue reflejar tanto en la devoción diaria, como en la página escrita, el canto a la esperanza y a la redención, firme aspiración que, con modestia, deberíamos intentar imitar

Esquiu solía decir a propósito: «Sin leyes no hay patria, no hay ver dadera libertad; existen sólo pasiones, desorden, anarquia…». Y por respetuoso de las leyes y, mejor aún, del ser humano, utilizaba el perio dismo para «formar, informando», esa tan inusual manera actual de comunicarnos.

En una era de masiva tecnificación, cuando los hombres abordan los proyectos más descabellados y la ciencia avanza a pasos agigantados derribando vallas y presumiendo de la suma casi total del conocimiento, conviene recordar aquello que dijera cierta vez el fraile catamarqueño: «Soy, tal vez, el único mortal que no ha llevado en sus carnes otra vestimenta que el hábito de San Francisco».

Si la historia nos acerca la figura majestuosa de aquel descarnado hermano de la desventura con su sayal hilachento y un pájaro recogido en su mano áspera de recorrer caminos, ¿qué imagen menos grata y afin a nuestro corazón no traerá el perfil de aquel jovenzuelo fraile que a los veintisiete años, en 1853, predica sobre la Constitución y se niega a la gloria mundana? ¿Y esas horas arrebatadas al sueño para depositar en cuartillas apretadas pero firmes el más dolorido canto de amor? Claro que si: podemos recordarlo, y no le hemos conocido.

No es diferente, o no debería serlo, el ejercicio del periodismo de hoy, sobre todo cuando le asiste la vocación de sacerdocio que recubría la humilde misión pastoral de Esquiú.

Esa loable inquietud, que se nutre de valores profundos y que acerca la palabra para formar y comunicar, es la que sirvió al discipulo intem poral del «Poverello» no para hacer politica religiosa -como podría pensarse sino para que todos los hombres de buena voluntad ingresarar al camino de la hermandad. Así, el periodismo actual, aunque con otros esquemas, debe y puede servir a la comunidad sin distingos de credos y con un solo fin que es su causa y su efecto: el hombre.