Historias de mi barrio

De nuestra redacción.-

Cuando recaló en un conventillo de la Boca, llegaron las etapas del hambre, de la soledad y de la tristeza. El buen hombre se sentaba en la inmensa escalera central, abría la caja y aparecía el milagroso fuelle q que resonaba entre el silencio de la vecindad pobre.Exorcizaba la tristeza, la hacia pedazos con un vals o una marunca, con la alegria desdichada de una tarantela o la dulzurura de una romanza. Ese pequeño acto artistico servia para que cambiara de humor y mirara hacia el futuro con aire temerario. A medida que se alegraba el corazón y se acercaba musicalmente al terruño, se integraba al paisaje meláncolico de ese barrio de chapas y de ilusiones.Sigue rasgando suavemente la guitarra para aventar las nostalgias de lo que fue y eludir al miedo por lo que será. Así pasa por la vida cumpliendo con su destino de heredad: mansamente. La vihuela desgaja los trémolos y anida en los árboles deshojados y en el alma de las cosas y, de repente, brinca hacia las alturas hasta percutir en el aire con un son que tarda en abandonar al músico. Ya forma parte del bello paisaje ribereño.

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Entresueños

Leo «Facundo» a la luz de una vela y la voz de mi madre, desde la habitación vecina, irrumpe como en una letanía: «Hay que dormir ¿Apagaste las luces?». Sin quererlo, introduzco el pábilo dentro de la cama y la sábana de hilo se chamusca. Cierro el libro con el mayor de los silencios, mientras apago las luces y recuerdo el episodio de Barranca Yaco y a los hermanos Reinafé, y retumba en mis oídos el estampido de los disparos con que Santos Pérez detiene definitivamente el largo viaje de Facundo Quiroga desde La Rioja hacia quién sabe dónde.

Debajo de la almohada está la mejor exaltación de un caudillo que alguien pudiese escribir. Y Sarmiento lo hizo todo desde su interior anticaudillista, desde su fervor civilizador que pretendía acabar para siempre con la «barbarie». Facundo Quiroga excedió todos los marcos. Sarmiento convirtió su libro en una exégesis inescindible de la figura convocante del personaje a destruir y lo empujó hacia adentro de la historia. Y ahora yo lo tenía allí, bajo la almohada, y su contundencia traspasaba el hato de plumas y dejaba oir lamentos, chillidos de pájaros oscuros, el rodar de los ejes sin grasa de la galera y larespiración acezante del victimario, resoplando dentro del cañón de su arma para desvanecer en el aire cordobés el humo acre de la pólvora.

El polvo formaba gruesas nubes que se elevaban y caían a plomo sobre el pedregoso sendero de la serranía. Lejos, un rumor de agua en hilillos que iba cayendo acompasadamente, y sobre la puerta del carruaje un cuajarón de sangre brillante al sol, como un estandarte, como una señal inequívoca, como una ofrenda al rito siempre renovado de los desencuentros.

Me dormía con el libro fuertemente apretado entre los dedos para que los personajes no escaparan y para que a la manera de una cinta sin fin volvieran a la noche siguiente.

-Apaga la luz que hay que dormir- decía mi madre. Yo me apresuraba a esconder la vela para seguir leyendo a hurtadillas.

Un día no hubo más velas y el libro terminó por desgajarse. Pero bastaba estirar la mano por debajo de la almohada para recuperar sueños y olores. Todavía, por las noches, Facundo revive una y mil veces su propia pasión y muerte.