Historias de mi barrio

De nuestra redacciòn.- EI señor Piero Giuseppe Criscolo fue un mojigato hasta los 66 años. Vivía con su madre en la calle Saenz, en Pompeya, y se desempeñaba como hortera en aquellas viejas tiendas que vendían desde cinta de hilera al por mayor hasta frazadas, blanco, mercería y sedas. Era el hombre de confianza de los patrones. Hablaba poco y nada, lo indispensable. Algunos dirían que una irremediable timidez lo hacía convertido en un rutinario que iba de su casa al trabajo y que ocupaba catorce horas de cada día entre tareas y viaje. Apenas saludaba, mimetizándose con las sombras de la noche. Comía con su madre y antes de las diez roncaba profundamente en su pieza Eso sí, tenía un hobby: despanzurrar experimentalmente los artefactos domésticos que algunos vecinos le alcanzaban para que los arreglara.

Lo que hacía (¿deshacía?), lo hacía con pasión digna de mejor causa. Vivía aislado en un tallercito construído para garage de un auto que nunca tuvo. Y se lo veía a la puerta de su casa tan sólo cuando cortaba el pasto o podaba los rosas del pequeño jardín delantero. En el amplio terreno, de todos modos, había sembrado macizos de flores y verduras de hoja.

Pero cuando murió su madre, aquel viejo vecino desnudó su alma verdadera: ofrecía servicios de todo tipo a cambio de matar el tiempo interminable; hacia trámites, hurgaba en la vida de relación de sus semejantes y guardaba secretos e indiscreciones propias de los chimenteríos barriales.

Las atesoraba, y con técnica salvaje pero no menos destructiva, descerrajaba: «Es cierto, don Fulano es un excelente empresario y mejor vecino, pero hace dos años estuvo preso por emitir cheques sin fondos. La familia ocultó el episodio para evitar la vergüenza pública; yo se lo cuento a usted porque sé que no lo divulgará por allí». Esto lo repetía en veinte casas distintas y además distribuía información confidencial sobre infidelidades, traiciones societarias, moral familiar, y vida y obra de los demás. La honra pública iba cayendo destruída por las críticas irónicas, como dichas al pasar, del señor Críscolo, que hablaba menos de los más generosos en su retribución pecuniaria. El atavismo había dejado paso a la verborragia sabiamente administrada. Hasta que el único santo que quedó en pie era el llamado Piero Giuseppe Criscolo

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Si llegamos a una edad adulta, donde ya no hay posibilidad de dar un paso atrás para retomar viejas sendas, sentiremos que un hilito de amargura se desliza por nuestra gar ganta. Quizás nos cueste comprender que no todos los sueños se cumplen, ni todo tiene colores en la vida. Nadie queda absolutamente satisfecho de su paso por el mundo, aun que este haya sido felíz y promisorio. Es nuestra naturaleza. La misma que no nos permite darnos cuenta que si se hubieran realizado todos los proyectos que alguna vez elaboramos, no se hubieran cumplido otros que nos hicieron muy felices. Que nuestra vida hubiera sido otra -no sabemos si mejor o peor-, pero otra al fín. No reneguemos de lo hecho, no importa lo poco que sea. Ese pequeño acto puede habe marcado a fuego nuestro paso por la vida aunque nadie lo sepa, aunque quede ignorado por los otros. Vivir lo que resta es lo que cuenta, nada más ni nada menos.