Historias de mi barrio

De nuestra redacciòn.-No sabía si atreverme a consumar aquello que entresoñe o vi directamente, entonces recostado sobre el banco de una plaza en una madrugada grís y lloviznosa: el hombre se inclinó hacia el pequeño charco que dibujaba el hueco de la calesita de mano de la plaza España, en Barracas, extrajo unas fotografías amarillentas del bolsillo y sin decir nada, sin mirarlas siquiera, con la decisión de un bucanero en busca del estoque final, así las rompió en dos, tres, cuatro pedazos y las dejó flotar, alejarse unos pocos metros como un barquito a la deriva impulsado por la corriente y retornar enseguida, convertidas en cartón diluído, en materia degradada, en nada…

Cruzó la calle encerada de lluvia y se perdió. Yo estaba allí, solitario, rumliando no sé que ideas, con la edición fresca del diario del día y la sensación de una profunda languidez en el estómago. Por las dudas-fuese un sueño o la realidad, o las dos cosas a la vez- me acerqué a la calesita manual: efectivamente, ya aquietadas en la otra orilla-a dos metros-estaban las fotografías. ¿Cómo sabía yo, a la distancia, que eran fotos y no viejos programas de cine? ¿0 boletos mal jugados en el hipódromo? Pero no, eran fotografías, y ahora esto: cenizas de papel. De todos modos, fui tomando delicadamente, una a una, la prueba de un instante fugaz y las introduje dentro del diario para que este absorbiera la humedad. Lo enrollé nuevamente y lo guardé en el bolsillo de mi sobretodo.

Fue dificil caminar la empinada cuesta del parque; mortal el esfuerzo para trepar al último ómnibus de la noche; peligroso abrir la ventanilla para que las gotas pulverizadas de la llovizna me golpearan el rostro. ¡Pero lo hice! Después, ya en casa, armar el puzzle sobre un cristal. Cuándo la obra estuvo concluida, después de horas, siempre en silencio, abstraído quizá en otros pensamientos y dudas, observé el rostro de aquel hombre. Era de mi estatura y usaba un sobretodo negro como el que había entrevisto en el guardarropas familiar. Y hasta los rostros de aquellos niños que parecían felices me recordaban otros rostros muy parecidos…

A la mañana siguiente, luminosa de sol, el estanque había desaparecido. En mi bolsillo estaban las fotos. Debí esperar quince días para regresar con la llovizna, trozarlas como había hecho aquel hombre y dejar que el torbellino las desgajara para siempre.