Historias de mi barrio

De nuestra redacción.- Recuerdo de Juan Carlos Montemayor, nuestro vecino ilustre de Patricios

Acaso fue don Miguel de Unamuno, aquel vasco catedrático empecinado en un amor dramático por su España malherida, el que dijo que érase el hombre y su circunstancia.

La circunstancia del hombre, del hombre de mi niñez en Patricos, – era su continuidad física prolongada por el uso invariable e inevitable del sombrero. Un sombrero negro, de alas no muy anchas, que por lo general coronaba la testa hasta el momento de acostarse. El sombrero, característico de las manifestaciones cívicas, que emparentaba las clases sociales, más allá de las filiaciones, por lo uniforme de su vestimenta.

Los que categorizaban a los más pudientes -que por lo general no hacían mitines- eran el Orión o el «funghi» a lo Maxera (que exhibían en el Hipódromo Argentino, en Palermo), sin despreciar el clásico «rancho a lo Chevallier» que usaban procuradores, cagatintas y empleados tribunalicios.

El sombrero, pulverizado a fuerza de naranjazos en cancha de San Lorenzo de Almagro, en las postrerías de 1928, según un aguafuerte de Roberto Arlt, que narraba las desventuras de un sufrido cludadano en un campo futbolístico.

Siempre el sombrero, como resguardo, como refugio,como símbolo de elegancia y como muestra de abandono. El sombrero que ciertos honorables viandantes solían hurtar de los percheros adosados a la pared de fondas y restaurantes para cubrirse de las inclemencias del tiempo frío -que lo era mucho más que ahora-o para venderlo, si lo ameritaba, en algún negocio de ropavejero de la calle Libertad. Pero
todo tiene su fin: pasado el tiempo, descubrimos que en las manifestaciones multitudinarias, que en las galas de los teatros o en los paseos públicos, los hombres iban «en cabeza».

Advertimos además que habían desaparecido los planchadores de sombreros y los sombreros mismos de las vidrieras tradicionales.

Para homenajear su memoria, nos lo habíamos quitado por última vez. Y desde entonces parecimos más huérfanos, más desnudos, más propensos a las inclemenclas
del tiempo y de la vida. Ni más ni menos, nos habían descabezado.