Historias de mi barrio

De nuestra redacciòn.- La señora sabe que la miran. No es una anciana. Es una mujer que transita por el andanivel de la llamada «tercera edad, que nació y vivió durante toda su vida en La Boca, el lugar en recalaban, con los huesos agotados y los brazos entumecidos, los obreros inmigrantes que habían soñado un destino de grandeza para sus hijos

Un barrio que es hoy emblema de la ciudad, por su digna antigüedad y su pintoresquismo, pero la señora D. recuerda perfectamente que hasta fines de los 50 no contaban con gas envasado y debían utilizar el viejo calentador «Primus» a bomba; que el agua, con los primeros calores, desaparecia de las canillas resecas; que, pese al pomposo autoabastecimiento petrolero, habia que hacer cola frente a los surtidores en procura del kerosene necesario para encender la estufa «Volcán» de 6 velas; que los cortes de came usuales eran el ossobuco, la carnaza, la falda, el mondongo, el hueso con carne o sin ella, la grasa de pella para freir o el hígado.

La señora D. es mirada por camiceros y clientes: «Pedir azotillo en pleno siglo XXI ¿A quién se le ocurriría?. Pucheros, guisos, potajes y asados grasos y sabrosos, son cosa del pasado.

Ella lo advierte en las muecas burlonas y calla, ¡Hasta no hace mucho, en su casa, colaban con una media el cafe «La Morenita»! Y en lugar de leche chocolatada se utilizaba la cascarilla del cacao.

La señora D. no es un dinosaurio de los que cree ver Susana Giménez. Es una mujer de 70 años que desanduvo el último medio siglo a horcaja das de cambios que en otro momento hubiesen parecido inverosímiles. Y supo vivir en esas piezas grandes, de inquilinato tipo chorizo, y lavar sus ropas en la pileta comunitaria, allí donde jamás recibían la visita del roast-beef ni de la bola de lomo, de la nalga ni de las mollejas.

Ella no puede entender el disfrute de la cómida rápida al paso de los transeúntes, realizada con carne no identificada y con un sabor que no condice con los acostumbrados por ella.

Tampoco puede entender la urgencia con que todos se dirigen «vaya uno a saber adonde», presurosos y sin tiempo casi para amagar un saludo.

Recuerda esa solidaridad barrial en la que todos se conocían y saludaban. Y las tertulias en las que salìan a la vereda y se comentaban las novedades del barrio y alguna receta «secreta de mamà» que se anotaba entre mate y mate.

Cuantos recuerdos…lindos y feos. De esa época ya no queda casi nadie. Algunos han partido o emigrado a otros barrios, algunas casas fueron modernizadas y en otras habitan familiares de los dueños originales.

Todo ha cambiado y ella negándose a aceptar estos cambios y tratando de preservar las costumbres que «vienen de familia».

Hay quienes la miran burlonamente cuando hace sus compras, los más jòvenes con sorpresa y curiosidad, pero aquellos que comprendemos su obstinación, sentimos por ella una cierta ternura.

La Sra. D no sabe o no comprende que el tiempo sigue su paso inexorable y que ella ya ha pasado a ser un exponente de un barrio que ya fue