Historias de mi barrio

Excl. p/Novedades.- Disgreciones de un vecino de Barracas.

¡Se que intentaste por tercera vez el retorno al barrio! Tal vez buscando los rostros de otrora, los árboles en la vereda avainillada de reglamento municipal y las plantas de rosas jalonando la entrada de la vieja casa! ¡Y se, querido amigo, que otra vez emprendiste una fuga desesperada, solo que la primera vez era hacia el futuro y ahora hacia cualquier lado!

Llegaron a tus oídos, me consta, los rumores más disparatados: que habías estado preso, que tanta ausencia no se justificaba, que de niño tenías ciertas inclinaciones metafísicas que te llevaron a un «loquero», que la casa no era tuya, que habías salido para triunfar y volvías con la cola entre las piernas. ¿Cómo ibas a triunfar, querido amigo, si habías nacido en ese barrio? ¿Y en qué? Y si realmente hubieras triunfado ¿para qué volver? Todos esos chismes, todos esos dolores lacerantes que se van clavando en la piel y que no se pueden denunciar porque están encubiertos por la maledicencia anónima, sepultaron con mantos de duda a violinistas como Hernán Oliva (el genio del jazz) del que se acordaban solamente porque «era un borracho» que volvió al barrio demolido por la bebida, las deudas y el fracaso (flagrante mentira) y a otros no menos célebres artistas, escritores o profesionales.

¡Si hasta a René Favaloro, ya famoso en todo el mundo por ser el creador del «by-pass» aortocoronario, se lo criticaba por retornar al barrio «El Mondongo», en La Plata, donde había nacido!. Te voy a aclarar algo: todos tenían en común una acendrada humildad que los hacía tratar a sus semejantes con llaneza. ¡Y no hay peor, amigo, que sacarse el sombrero ante un palurdo!

Algunos eran muy pobres, lo que en un barrio así no mueve a la admiración sino al resentimiento. Los que aprendieron la lección no retornaron jamás. A los otros los volvieron a tratar en diminutivo «Panchito», «Pedrito», pero casi como en gesto de conmiseración. Sé que movilizaste a tu familia para mostrarle tu barrio, tus calles, tus viejos vecinos. Y sé que lo que más te a va a doler es lo que sigue: Fueron los viejos los que echaron a correr rumores para que los recogieran en tradición los vecinos nuevos.

Esos mismos de rostros ajados y enjutos que se apresuraron a abrazarte a tu regreso. Un consejo: si querés volver esperá un tiempo más, aunque ya no seas más que un ru mor tan viejo y tan ajado como ellos.

HERNANDO