Historias de mi barrio

De nuestra redacciòn.-

PODIAN faltar los curalotodo, rebautizados «curanderos» por la verba popular? Podían hacerlo todo: cortar e1 empacho, calmar una cefalea, entablillar una quebradura. Médicos no había. Enfermos sí. Y lossimpáticos charlatanes,con pases mágicos, vasosde agua pura e imágenes diversas, curaban los dolorosos males psíquicosque aquejaban a hombres y mujeres de campaña.
Claro está, cuando las dolencias eran serias y esca-paban a pases y conjuros, los buenos «manosantas»de la edad moderna no encontraban otra solución que derivar a sus pacientes a los hospitales pùblicos.

UNA a una, las quintas y pequeñas extensiones de tierra que conformaban el colosal manto verde que cubriera la zona, emprendieron la definitiva retirada. La eclosión tuvo su origen en la variante de mográfica producida en las postrimerias del 40. Una de las extensiones, denominadas «Bunge y Born». por ser propiedad de esa importante firma
extranjera, abarcaba tres cuartos de manzana. Su éxodo definitivo comenzó en 1957. La vieja casilla fue derrumbada, se abrieron los cercos de alambre tejido y la pequeña parcela quedó en manos de hábiles depredadores que se llevaron las plantas frutales que quedaban en pie. El tiempo pasò y arrasò con los recuerdos. Ahora allí se alzan modernas viviendas,

SONRISAS.-  El chacarero se encontró en el camino con el chacarero  amigo y se pusieron a hablar de sus respectivos asuntos. Y  uno de ellos dijo:  -Estoy muy preocupado porque se me enfermó el parejero.  Creo que tiene lo mismo que tuvo su alazán…, ¿recuerda?  -Si es lo mismo -replicó el otro se trata de un cólico agudo.  -¿Y qué le dio usted a su alazán en aquella oportunidad?  -Trementina replicó el otro.  Poco después se despidieron y no volvieron a encontrarse  hasta cinco días más tarde. Y el dueño del parejero se acercó  furioso al dueño del alazán y le dijo:  -El otro día cuando lo encontré le dije que tenía el parejero  enfermo. ›  -Recuerdo: cólico agudo, si la memoria no me es infiel  repuso el otro.  -Eso mismo. Y usted me dijo que a su alazán le habla dado  trementina cuando tuvo cólico. Yo fui a la chacra, le di  trementina a mi parejero y se me murió…  Y el otro chacarero replicó inmutable:  -Mi alazán también.

POR QUE no se dicen o hacen algunas cosas en el momento justo? ¿Se dejan para mejor oportunidad y esa oportunidad nunca llega? ¿Es el miedo que entraña cada palabra que se expresa, o la tímidez, que también se cierne tempestuosa en el instante preciso en que uno ha de decir algo que no admite demoras? ¿Cuántas veces nos arrepentimos frente a ese fluir de memorias que nos devuelven instantes de amor, o de furor, o de pena, y sentimos una enorme aflicción por lo no dicho -que es como decir lo oculto bajo tierra- que tal vez pudo haber cambiado la historia a través de una coma, de un acento, de una letra que modificó una interjección y la transformó en otra cosa?

ESCUCHAMOS dos versiones: la del poeta, ensalzando las virtudes aéreas del pájaro que cruza por el horizonte poniendo una nota de felicidad al cielo del mediodía. ¡No hay poema que alcance la cumbre de su grandeza simple como su aleteo!. Y, del otro lado, agachado sobre el surco, transpirado, lleno de cólera, el agricultor que observa como los almácigos y los sembradíos, son devorados por cientos de pájaros variopíntos: gorriones, benteveos, zorzales. «Mire, como comen el fruto del desvelo y del trabajo ¡Si hasta se ríen del espántajaros! Yo sì que no les haría poesías. Los harìa desaparecer» . Dos miradas de una misma realidad