Historias de mi barrio

De nuestra redacciòn.- La memoria, como los seres humanos, suele ser infiel. Se acomodan los tiempos a esa referencia nebulosa que procura establecer cronologias. Si no ayer, fue anteayer, que importancia tiene. Aunque los dias, los meses, los años sumados, multiplicados hasta el infinito, fueran para Pedro Guzmán un dulce suplicio de esperanza en aras de redenctón, de luz en medio de la inmensa agonia que lentamente lo iria transformando en una esfinge acorasada contra los soles y las lluvias de interminables veranos y perpetuos inviernos.

La memoria colectiva desanda el tiempo. Se instala en el mismo cruce de calles sin historias particulares. «Fue a fines de l 1971 o principios de 1972 que lo vimos por primera vez». Pero, ¿qué importancia tenia, por entonces, Pedro Guzmán, si hoy el pensamiento se niega a desdoblarlo de esa otra silueta que se fue incorporando al matiz gris de una esquina suburbana?

Los ojos de Pedro Guzmán se acostumbraron a desafiar la luz del sol a las tres de la tarde, la tristeza infinita del atardecer, la patética luz que anuncia la larga noche. Se empequeñecieron para escudriñar una mínima entrada de un edificio de Parque Patricios, en la ochava noreste.

Dicen los vecinos que se llamaba Viviana Saenz y que atendia el conmutador de una clinica de la Zona Norte. Rescatan su figura espigada, su cabello rubio, sus ojos entre celestes, grises y verdosos (al fin, de qué color?)., Pedro Guzmán trabajaba en la sección Intendencia de esa clinica. Lo que queria transmitir su mirada se evaporaba en el silencio de Viviana. Cuesta creerlo, pero es probable que nunca se hubieran hablado. Dicen que Pedro era taciturno y laborioso,

El hombre se instaló junto al semáforo. Otra vez los devaneos de la memoria, «Creo que fue en 1975, si, creo que si…». Antes, la espera interminable se había prolongado en otra esquina, «porque alli se bajaba ella del colectivo». Tres, cuatro años, y después, el rumbo definitivo?

Viviana no podia entender esos códigos indescifrables que no necesitan de palabras o los entendió, quizá, y supo que su corazón transitaba por otros caminos

En Pedro Guzmán, en cambio, las alas de la ilusión iban creciendo hasta transformarlo en un enorme påjaro capaz de ganar las alturas con la fuerza del amor. Pero era un pájaro mudo, silente en su propla felicidad y definitivamente mudado a ese margen caótico en el que se mezclan los tiempos y los espacios. El ayer es un hoy y significa, a la vez, la promesa cierta del mañana.

Cuando Viviana se mudó, Pedro permaneció inconmovible, a la expectativa, esperando que la ventana se abriera de par en par. Se abrió la puerta, en cambio, y la hermana de Viviana, Cristina, se acercó hasta la esquina. Le mostró las tarjetas de casamiento, le dijo que la espera era en vano. No leyó la participación ni reparó en la hora del enlace. Sólo musitó que la «seguiría esperando para siempre». Y se encerró en su caparazón de cancerbero inviolable.

Silenciosamente, erigiéndose en la altura de su amor dolorido, su cuerpo fue una inmensa pirámide que miraba al sudeste. Un hombre mirando al sudeste. Hacia la ventana discreta en donde yacen tantos recuerdos y tantas esperanzas.

Lo hizo, por primera vez, un dia cualquiera de 1971. ó de 1972…