Historias de mi barrio

La figura de la «idish mame» tradicional se fue devaluando para dar paso a la «idish mame posmoderna» . Entonces las que renacieron de las las cenizas aprendieron a comer la nueva manzana de la mano de Eva y Lilit.

Hanna y Esther, vecinas de Pompeya, hijas de esas madres que las colmaron de comida y abrigaron con amor y frustraciones, son las abastecedoras de un afecto psicoanalizado y una educación programada.

Lejos de esas mujeres sobreprotectoras y culposas: de las que hablan Woody Allen y Philip Roth, más cerca de una modernidad en tránsito, intentan desembarazarse de los mandatos atávicos multiplicándose como los panes de Cristo, al borde siempre de un ataque de nervios.

Sus madres las soñaron casadas, profesionales y exitosas. Ellas sueñan a sus hijos en pareja, creativos y sobresalientes. Operativas y eficientes delegan sabores en la hamburguesa iniciática, urgidas por la carrera de la competitividad para sobrevivir.

Emprendedoras y modernas, planean por la cabeza de los hijos como diosas. comprensivas con la agenda en una mano y un lifting en la cara, que les asegure la eterna juventud al lado de sus superhijos, a quienes enviarán a estudiar fuera de un país tan pequeño para sus dotes.

Es bueno reconocer que quizás fue alentador haber tenido una mamá sin tanta cultura y menos elegante, pero de tiempo completo al servicio del afecto aunque el combate con su imagen de todas maneras signifique décadas de divàn.

Seguro que sus hijos las quieren aunque las combatan, con el riesgo de que con la educación tan posmoderna intenten reciclarlas para que se parezcan a las abuelas de película, pura culpa y amor