La Boca: Disgresiones de un vecino viajero

CH p/Nov.- En La Boca, el vuelo de una veleta podía cortar el silencio. El zumbido, parecia una piedra en el estanque. A  media cuadra, en el  centro de del barrio, el  piso verde -mezcla de inglés despidiendo un  humo solo perceptible. El aroma era, inconfundibie, lrrepetible, como la esencia perfumada  de los paraísos de la calle.  Volvimos apretados, corbatas asfixiantes, y perdimos el silencio y la pausa entre palabra y palabra El olfato fue  perdiendo importancia. Esencias caras  que simulaban perfumes de flores.

En el Centro no había hombres descalzos, ni exploradores, ni  plantadores de rosales. No vi a nadie que conversara con las hormigas ni que  abra los ojos para observar el milagro siempre renovado de los pájaros  buscando el nido común a la hora del crepúsculo.

De imprevisto, París, y en París, perdido entre boulevares que  trajinó muy seguramente Edmundo Guibourg en su estancia,  un barrio, y en medio de un barrio sin nombre, entre viejos ‘Gemini’,  la calle. con el olor fresco de la magia de los florecidos y el sensual ardor del verano!

Una calle de Paris, en uno de estos viajes que insumen pocos días y, a veces, pocas  horas, me transportó a la Aldea, lugar al que  arriba el peregrino luego de largos caminos. Allí,  desde siempre, un cuadrado pequeño con magnolias.  En más de una ocasión debimos abandonar el regazo de la madre pródiga para salir a la guerra mucha más allá  de las murallas de La Boca. Más de una ocasión, también,  terminamos apaleados, porque el otro mundo que se  desarrollaba atrás del “ghetto” no estaba conformado  por principios tan simples y solidarios. El  territorio  por principios tan simples,  eran las nubes de Ubeda, aunque a la sequedad de la meseta castellana, y la  naturaleza pródiga. Nos criamos descalzos en verano, contemplando desde la  hamaca como el tábano iba horadando la caña que cruzaba el parral de uva  norteamericana (un dejo de acritud menor que el de la chinche, excelente para  el vino «patero”.  Con ese salvajismo ibamos al Centro, el mundo de  hombres trajeados que miraban de soslayo, tomaban café con apuros y nunca  miraban hacia arrlba, habla el cielo, que allí era una mancha incolora recortada  entre enormes moles de cemento.

Probablemente los exilios o las ausencias -que no siempre son lo mismo fueran menos penosos si pudiésemos envasar anhelos, encapsular pausas,  transportar pedazos de nuestra tierra hasta el confín de otros mundos. En  París, allá tan lejos, encontramos que nada es diferente en el Universo. Y que  suelen mirar para arriba…

CAH

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