Las «picadas» barriales: Poca memoria de un mal incurable

De nuestra redacción.- El tremendo episodio que años atrás costara las  vidas de una joven veterinaria y de su hija, cuando  ambas se desplazaban a bordo de un automóvil por la ciudad, y este resultara fuertemente  embestido por un bólido preparado especialmente para  competir, no hizo más que revivir otras instancias, de  parecido tenor, vividas en distintos escenarios, inclusive  en nuestra comuna.

Nos referimos a las tristemente  célebres “picadas”, que se repiten con pasmosa frecuencia sin que haya sido posible hasta el momento ponerles  el freno que la sociedad exige.  Si antaño los cultores de estas competiciones furtivas  elegían calles despobladas en donde se armaban y desarmaban circuitos moméntaneos, hoy, por el contrario, se  busca mayor placer en transgredir la ley mediante la  utilización de avenidas pobladas de vehículos particulares, que quedan en medio de los “competidores” a expensas de lo que dispongan el azar o los reflejos de tan  particulares “deportistas”.

Pero no basta con fortalecer programas preventivos  porque siempre habrá algún resquicio, por pequeño que  sea, para que surja la fatalidad. Las que se necesitan son  leyes de peso que obliguen a pagar, con justicia, por los  delitos que se cometan. Lo que pretende la sociedad es,  además, que la tan meneada figura del “homicidio culposos”  no sea recurso para eludir el justo castigo judicial.  Cada vez que una tragedia se abate sobre la sociedad, se  alzan las voces de los que claman por la condigna sanción  para los culpables. Pero, lamentablemente, los argentinos padecemos de cíclìcas amnesias que nos hacen olvidar los hechos que se suscitan y a los que recordar cuando otro nuevo, de similares características, vuelve a conmovernos por corto lapso.  Una prolija revisión de los códigos, sin olvidar las tareas  de prevención que mencionábamos, y una serie de leves  que contengan los instrumentos jurídicos acordes la sus  necesidades, restablecerán la seguridad que cada ciudadano debe obtener de sus órganos decisorios.

En el caso particular de las “picadas”, debe penarse  severamente a los que circulen por la vía pública piloteando vehículos preparados para la competición deportiva y cuya velocidad excede en mucho las  normas de tránsito. En ese sentido, la mayoría de las  avenidas de nuestra comuna resultan improvisadas pistas  de carreras los viernes por la noche y los sábados y  domingos de madrugada.. ¿Quién pone límites? ¿De qué manera pararlos, si aparecen  sorpresivamente, en medio de la noche, andando con  sus motores turbo y obligando inclusive a desprevenidos automovilistas que circulan por sus carriles, al velocidad normal, a desplazarse violentamente para salir de la zona de riesgo? ¿Qué organismos deben controlar el  estado de esos vehículos, manejados generalmente por  menores de edad? ¿Y quién los habilita, finalmente, para  que se conviertan en “enemigos públicos”?  No olvidemos estas ingratas lecciones que nos depara la  realidad de cada día y reforcemos la cantidad de tónico  que debemos tomar para evitar olvidos que, como en este  caso, se refieren, ni más ni menos, que a pérdidas de  valiosas vidas humanas.

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