Pasó en nuestra comuna

De nuestra redacciòn,- El Señor Z, es un recolector de fugacidades que quedaron marcadas a fuego en la memoria de las gentes.

Reunido con sus vecinos amigos en un banco de Plaza España, en Barracas, lugar de tertulia para ellos, septuagenarios que desgranaban sus recuerdos coincidentes en tiempos y situaciones. Allí se dedicaba a indagar sobre esas historias que por una u otra singularidad habìa quedado en forma imborrable entre sus evocaciones

Su colección de instantes era irrepetrible: supo así que el Señor M. recordaba cuando, a los 5 años, su padre le regaló una codorníz. «Fue lo mejor que me pasó», decía el anciano mientras recordaba aquel momento; en cambio, para el Señor U., su vida reconocía una sola instancia feliz: viajaba en tren, cuando sintó la agudeza siniestra de una descompostura, no había baño en el convoy y sus intestinos se relajaban rápidamente en medio de un vagón atestado. Pudo llegar a la siguiente estación, sentir que la tranquilidad le devolvía la confianza y hasta una lágrima de agradecimiento y alivio le surcaba el rostro.

N. recordó que la tierra se iba alejando a medida que ascendía, que los edificios eran cada vez más pequeños y que él, sentado en el interior de un avión de cabotaje que iba ¡hasta Montevideo!, se sentía el conquistador del espacio. El instante se prolongó por 15 minutos que N. saboreó con fruición de niño. Después se fue desinflando como un globo, pero el recuerdo quedaría atesorado en el corazón.

U. recordó el día de su casamiento, los zapatos de charol que le apretaban los pies, los ojos mansos y nobles de la novia vestida de blanco y esa mirada sin compasión de su suegra. Cuando resonó el «Ave María». muy discretamente, U. buscó el pañuelo para acariciar el rostro lloroso de su compañera.

Al señor Z. le impresionó, sin embargo, el relato breve de N para comentar su fugacidad: «Nunca tuve un instante feliz porque a nadie le interesó mi felicidad y eso evitó que yo pudiese reparar en las diferencias: emociones con sensaciones, soles y lunas, amores y afinidades. Si hubo un momento de fugacidad crepitante es éste, el que usted me ofrece, donde rescato el interés por atesorar un trozo de recuerdo de sus prójimos. Este instante -agregó N- compensa todos los sinsabores, porque me hace hurgar en la memoria. Confieso que en este segundo, pues, soy feliz como un niño con un juguete nuevo. Durará una nada, pero estaré justificado».

Esas tertulias, se suspendieron. La pandemia arrasó con las charlas entre los adultos mayores que encontraban en sus otros iguales, referentes de su propia historia. Una pandemia que los llenò de miedos y los aisló de la manera más cruel, porque detrás de su puerta estaba agazapada la enfermedad que podía matarlos.

Hoy, una luz de esperanza aparece. En todo el mundo aparecen vacunas que podrìan cambiar esta historia. Volverá todo a ser como antes? Se volverán a encontrar estos vecinos amigos? Serán los mismos?

Posiblemente ya muchas cosas no sean igual. El mundo digital se ha convertido en un aliado incondicional durante la pandemia, que llegó para quedarse. Y muchas de las amistades presenciales se han perdido.

A esas preguntas que nos hacemos solo puede contestarlas el futuro, un futuro incierto pero esperanzado.