Pequeña historia barrial. Domingo por la tarde en la Boca

Nov.- Domingo por la tarde. Las calles velan el sueño de los que sueñan por la noche, de los que barajan y dan de nuevo hasta que el sol es una manchita rosa que aparece por el horizonte.

Juan patea una piedrita que apareció en medio de la vereda despareja. En el silencio de la tarde, una radio anticipa la nutrida jornada deportiva que comenzó por la mañana con la carrera automovilística de Turismo de Carretera y que se extenderá por la tarde con ocho partidos por el campeonato de fútbol.

Juan quedó a contramano de fiebres y pasiones, sentado al pie de la cama de colchón vencido, mirándose en el espejo de luna alta y estudiando esas piernas flacas y desgarbadas que le valieran el mote de “Canuto”. El conventillo, en aquel entonces, era una madeja de finas historias, de tanos colando los fideos en medio del patio, de largas escaleras de madera podrida, del largo aullar de las sirenas de los barcos y del silencio lleno de ruidos. Había un milonguero que se sentaba en los primeros peldaños de la escalera del segundo patio y hacía bailar sus dedos en el teclado profuso y tentador como dos pechos adolescentes. El hombre respiraba entrecortadamente y tocaba no sabía qué de un tal Arolas, que era para el músico aficionado cual un dios con minúscula. El hombre había estado preso en Usuhaia, en el penal más austral del mundo -decía que en una pared había una firma auténtica de Carlitos Gardel, pero pocos lo creían- y un buen día, cuando ya no alentaba retornos, recibió el indulto. Cuando llegó a Buenos Aires -enfermo, taciturno, temeroso de la luz del sol- lo primero que hizo al arribar fue entrar en una tienda de ropavejero y adquirir un bandoneón Doble A para sacar las notas de ese Arolas que lo desvelaba en las frías noches del Sur.

Juan conocía los acordes de memoria y las podría repetir incansablemente. Le gustaba ese hincharse y recogerse del fuelle en un espasmo de ida y vuelta que le daba vueltas en el estómago. En la pieza, la madre repasaba la ropa de los dos y movía la plancha al compás de aquellas notas que tanto le molestaban a los vecinos.

-Toque otra cosa, ¡porca miseria!- gritaba el napolitano que mixturaba ajo y albahaca para el pesto.

-¡Joderse con esa musiquita!- decía por lo bajo el gallego que estañaba los tachos de lavar ropa, ollas y cacerolas agujereadas de todo del barrio.

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