Pequeños relatos barriales. Una historia de río para leer en cuarentena

Excl.Novedades.- Se dejaba arrastrar hasta el fondo del bote por el impulso de su propio cuerpo, un frenesí que le hacía chocar las espaldas contra el filo del banco hasta que su nuca quedaba a nivel con la saliente de madera. El agua daba de vez en cuando golpecitos suaves, como convidándolo a abandonarse a sus pensamientos, si es que eran pensamientos esos largos y quietos tarareos que se iban apagando a medida que los ojos iban ganando altura y se clavaban en el cenit. El hombre empezaba a lagrimear y a adormecerse, mientras el agua seguía jugando contra la madera desgastada. Pensaba ganar tierra y poner distancia con el rio por lo menos el tiempo necesario para calafatear el bote, pero  sentía a la vez la necesidad de mojarse los pantalones con el relente, dejar que las salpicaduras le enfriaran el rostro y arrebujarse contra la lona que cubría el rumbo provocado por un tronco a la deriva.

La humedad le apagaba el cigarro una y otra vez, y él, a cada rato, encendía la cerilla salvadora para mirarse los dedos perfilados por la llama amarillenta; los ojos se empequeñecían como los del gato de monte esperando el asalto final contra la presa, pero aquí era al revés: a medida que se achicaban, se iba achicando el cuerpo y se sentía un muñeco torpe, sin vida, que se deslizaba hasta caer de costado. Buscaba entre la arpillera la botella de caña fuerte y castigaba un trago interminable al que ponía fin cuando el reflujo ácido le devolvía el vapor alcohólico por la naríz. Ladeaba la cabeza de uno a otro lado, volvía a guardar la botella, y de costado, como si durmiera, se dejaba hamacar por el bote y el ruido del agua que venía creciendo a medida que subía por el canal, en medio de la corriente, y sabía que el bote indefectiblemente sería arrastrado por el torrente, más amenazador que peligroso, y que tendría que aplicar un golpe de remos para correr al barquito del centro del río.

Tiraba el espinel y cuando le levantaba, a las cansadas, sentía una indecible tristeza: no le gustaba engañar a los peces, encerrarlos en ese artefacto repleto de uñas filosas que ensartaban a sus víctimas. Prefería echar la caña al agua, reirse de algo viejo, de algo muerto, de algo sucedido o inventado por su mente, y darle una oportunidad a su rival: darle soga hasta que comiera el anzuelo y después recoger con brazo firme, sin misericordia, sabiendo que había sido una lucha leal y que el otro se había ido a inmolar tras la carnada de pan de maíz. Escupía lejos y miraba alejarse y acercarse, según el vaivén de las olas, el espeso desecho de color marrón oscuro. Los vientres plateados de peces muertos e hinchados brillaban al sol con una tonalidad plata que hería la vista.

La última vez que hizo puerto -el verano anterior, cuando la bajante cae a punto de formar bancos en donde posan las gaviotas- la vio en el bar de navegantes. Pero nunca supo ni quiso gastar palabras. Se entendieron con la mirada o con la tosca mano del hombre posada sobre la falta de la mujer. Brindaron en silencio, haciendo entrechocar los vasos de vidrio barato, y él, mientras enrollaba la hoja de arroz para armar un cigarro, sintió que algo escapaba en ese momento, como si la cuerda de un reloj hubiese estallado o como si a un agonizante lo despenaran. Y sin embargo estaba ahí, frente al embarcadero, en un tugurio de mala fama, sin hablar, tomando caña de durazno y mirando caer la tarde en los ojos negros de la mujer que lo observaba con interés y sonreía.

Fue ella la que abrió paso a la confesión mínima y al convite. Él se dejó estar como en el bote, deslizándose desde el respaldo de la silla hasta la altura de las rodillas. Pero algo estaba roto. Porque en ese momento, mientras las pupilas de la mujer se transformaban en dos gemas color miel, y el bote se bamboleaba en el muelle, él recordó el espinel, el bichero, la tanza fuerte que había enrollado toda la mañana, y la acidez le perforó el estómago.

La mujer lo miraba, pero no sorprendida ni desencantada. Simplemente lo miraba, acariciándole suavemente los dedos tajeados y las manos encallecidas. Él se dejaba estar, recorriendo, con mirada perdida, el nombre de las bebidas que se alineaban en los estantes. Y una lata gigante de morrones y la beatitud y el desgano que le caen siempre, en la media sombra del atardecer, a los hombres que atienden las fonduchas miserables que se agrupan junto a los puertos.

El no dijo que no. Escuchó la propuesta dicha tenuemente. Se alisó el cuello mugriento de la camisa y tiró de un hilo blanco que sobresalía de un botón de la pechera. El no dijo que no ni que sí. Pero pensó en todas aquellas cosas, en el bote bamboleante, en las pesadillas nocturnas, en el dolor de piernas que se tornaba insoportable. Él pensó en todo eso y no contestó. Porque algo le decía que adentro, quizá muy adentro, se había producido una rotura, como la línea cuando se estira y se estira porque el pez quiere huir y, de repente, cuando todo está sellado, cuando no hay posibilidad de que ocurra lo contrario, la tanza se quiebra como un hilo de coser, se suelta el anzuelo, y un fugitivo, herido, logra el objetivo: vivir un poco más. El pescador queda atónito: ¿no estaba todo probado, no existía casi un ciento por ciento de posibilidades a favor? La rotura sutil inundó de pájaros negros la tarde, sólo que él las veía, acodado ahora justo al borde de la mesa, mientras la mujer revisaba la textura del magro mantel que caía, lánguido y sucio, hacia el piso de mosaicos descoloridos y gastados.

Ni dijo que sí ni que no, y no hubo despedida. Volvieron a mirarse una vez más. Y una vez más él fijó su vista hacia el horizonte, hacia el este, donde las nubes se inflaban como globos a reventar, y las aguas amansadas parecían tomar vida propia, acaso impulsadas por la racha de viento que comenzó a soplar. Ella, entonces, tuvo la seguridad de que la tarde se había hecho un borrón y la resolana era un filtro gris que iba pasando como la sombra de un trasatlántico reflejándose en las cosas. Hubo un beso sin tocarse, un rozar de manos, un gesto casi amistoso del hombre y una mirada triste de la mujer. El armó su séptimo cigarro del día y se alejó arrastrando los pies. Ni una vez miró hacia tras, ni una, pero los ojos se le achicaban, se volvían turbios como los mástiles abandonados al choque contra el muelle.

Ahora encendía el fuego, preparaba el aceite, un poco de cilantro, unas rodajas de limón verde, e iba dejando que tomara temperatura; después, unas tiritas de pimientos, y, finalmente, el pescado -una boga, una taratira o el inefable dorado- que comenzaba a crepitar hasta que él ahogaba el quejido con una taza de agua.

El bote estaba amarrado junto a la orilla, bajo un enorme sauce que se dejaba acariciar por el agua.

CAH

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