Personajes de mi barrio: Discépolo, con su talento enorme y su nariz…

De nuestra redacción.-

«Conozco de tu largo aburrimientol y comprendi lo que cuesta ser felíz/ al son de cada tango te presiento/ con tu talento enorme y tu naríz..» («Discepolín», de Homero Manzi y Anibal Troilo.-)

No quedan ya vecinos de aqueIla época. Y las calles que lo vieron transitar por Pompeya, junto a Homero Manzi, ya son otras. Allì, el ya consagrado letrista, actor y director cinematográfico Enrique Santos Discépolo y a Tania (Ana Luciano Divis), su mujer, sobre todo cuando el poeta decidía abandonar el ruido de la gran ciudad para concentrarse en sus proyectos tangueros, se estaba horas, tocando el piano con un solo dedo, a la busca del sonido que diera justo la nota para el collar de perlas de sus inolvidables. composiciones, esas que sabían del fango, de la amargura, de la desesperanza y de la ironía, y que Tania, por lo general, se encargaba de estrenar.

La noche del 23 de diciembre de1951, azotado por la incomprensión y la intolerancia, moría en brazos de su amigo, el actor Osvaldo Miranda.

Faltaban pocas horas para que se descorcharan las botellas de sidra de las navidades y hecho un guiñapo, ovillado por la fiebre y el desdén, el flaco Discepolín, hueso filoso y ojos acerados, se bamboleaba en los brazos de Miranda, que le pedía a gritos que despertara de ese mal sueño.

Hacía unos meses que había culminado la filmación de «El hincha» su película póstuma-, dirigida por Manuel Romero, que lo contó al frente de un reparto estelar, y había sabido ya de las silbatinas preparadas especialmente durante las funciones de «Blum», de Julio Porter, que representaba, no obstante, con éxito.

Meses antes, premonitoriamente, al cabo de una internación en el Hospital Costa Boero desaparecía su «media medalla» tanguera, Homero Manzi, con su barba filosófica y su melancolía pueblerina asilada en unas pocas manzanas de la confluencia de dos ríos de sueños y de vates: Pompeya y Boedo.

Manzi, que herido de muerte por una enfermedad que lo tumbó con golpe certero, llamó cierta madrugada a Anibal Troilo desde el sanatorio donde se hallaba internado y le dictó al teléfono, premiosamente, la letra de «Discepolín». «Pichuco» entendió los apuros de Manzi y en tiempo récord le puso música a la impar poesía del autor de «Sur».