Recorriendo la Ciudad: El Teatro Colón y un poco de historia

– De nuestra redacciòn El Teatro Colón es también conocido como una de las maravillas del Nuevo Mundo, superando, en la opinión de muchos, al Metropolitan de Nueva York y la Opera de París, y ubicado cabeza a cabeza con La Scala de Milán por el título de máximo teatro lírico del mundo.

El Colón ha logrado mantener su fama internacional con mayor éxito que cualquier otra institución argentina. Financiado por la ciudad y una fundación a la que contribuyen adinerados amantes de la música, el majestuoso teatro aún atrae a las mejores voces y al público más elegante en las funciones de gala.

La función de gala inaugural tuvo lugar el 25 mayo de 1908, mucho más tarde de lo esperado, de cuando se inició su construcción allá por 1889. El primer arquitecto del proyecto, Francisco Tamburini, que acababa de remodelar la Casa Rosada, murió durante la obra.

Su reemplazante, Víctor Meano, que diseñó el edificio del Congreso, fue asesinado en 1904 en circunstancias que nadie deseó comentar. Un miembro del Congreso hizo una moción para demoler el edificio, que estaba prácticamente terminado, con el propósito de volver al diseño original.

Finalmente, Jules Dormal, que había dado los toques finales al Congreso de Meano, hizo lo mismo con el Colón. Así, el edificio fue diseñado por tres arquitectos en tres estilos, donde confluyeron el renacimiento italiano, la solidez de la arquitectura alemana y la gracia y el encanto de Francia.

El Colón se abrió con «Aída», de Verdi. «En la ocasión, la concurrencia que ingresaba elegantemente ataviada, quedó gratamente sorprendida ante tanta magnificencia. Con gran despliegue brillaron todas sus luces, que se reflejaban por doquier en bronces, mármoles y espejos», señaló Otilia Vázquez de Castro en su libro Las luces de Buenos Aires y sus tiempos (1983).

En su ininterrumpida carrera como anfitrión de los mejores, el teatro presentó a Caruso, Toscanini, cantantes; después llegan a Nueva York. Las plateas son más caras que en el Metropolitan y la audiencia es tan brillante como cualquier otra del mundo». Las dos últimas observaciones siguen siendo válidas.

Cuando terminaba la función en el Colón, muchos de los que tenían abono en el teatro se subían a sus coches de caballo o automóviles y partían hacia los bosques de Palermo. El ritual duró varias décadas, hasta que el ritmo de la vida ciudadana y la velocidad de los vehículos se aceleraron tanto que el sitio, como destino, comenzó a parecer provinciano en espíritu.

Pero en 1910, cuando la tendencia estaba en su pico, Koebel escribió: «Durante el verano existe la muy agradable costumbre de salir hacia el bosque de Palermo por la noche, luego de cenar. Una vez en el parque, el espectáculo es fascinante para la ocasión. Las avenidas bordeadas de palmeras, eucaliptos y álamos están atestadas de vehículos, a tal punto que, aunque las vías pueden superar la media docena, el paso de hombre se hace inevitable. Miles de luces de los coches que se mueven lenta mente entre las luces más intensas de las avenidas en sombras le otorgan a la escena una apariencia de alegría dificil de superar».