«Tiene la palabra»: El espacio de los vecinos de la Comuna 4.

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«Hombres de negro», por Diego Veraldi. Vecino de Parque Patricios, comerciante, papá de 4, fanático del fútbol.

El fútbol, esa bendita pasión que es mucho más que un deporte. Es una sensación, es un temblor y la piel de gallina cuando los jugadores salen a la cancha. Es la lagrimita disimulada cuando tu equipo mete un gol. Son los nervios de la cuenta regresiva de los últimos minutos para que acabe el partido.

Los jugadores son los protagonistas absolutos del show, los superhéroes o los hipervillanos- según ganen o pierdan el partido- los talentosos, o los patas de palo que tienen dos pierdas izquierdas. Son los que aparecen en las portadas del suplemento deportivo y en las entrevistas de la tele. Son a los que premian en distintos eventos lujosos, donde caminan por una alfombra roja larguísima cual estrellas de Hollywood. Y por supuesto; firman autógrafos hasta el cansancio. Y saludan, a veces con simpatía y otras de compromiso, a la centena de fanáticos que se agrupan en la puerta del Club, a la salida de cada entrenamiento.

Y también están los «hombres de negro»…

Ellos. Llegan solos, rodeados de una cohorte que no los pone a salvo de los insultos, las escupidas, de tanto en tanto, una pedrada alevosa. Trotan, a veces corren. Miran con más atención que radie y no toman partido. Están al filo de la acción sin encarnarla. Y si lo hacen es por que la acción se ha vuelto inadmisible. Así es que entonces pitan, ordenan, gesticulan. Después se van, también solos, de a tres, como Los Panchos, las carabelas y tantas tristes o alegres trinidades.

Entre que ellos llegan y se van sucede todo veintidós tipos corren, juegan, lastiman, fingen, se insultan, amagan, hacen goles; mientras que otros miles gritan, saltan, se apedrean, bostezan, comen panchos.

No es imposible que, en la velocidad con que el músculo resuelve y el cuerpo responde, ellos se equivoquen. De hecho, eso ocurre con frecuencia. Y los pone en el centro de una atención que tiene de todo menos atenciones. En cualquier caso, aunque no yerren, al sonar el silbato desatan un revuelo unísono de reprobaciones y amenazas.

Se sabe que no ganan, por este empeño, ni para las propinas de un delantero rumboso. Es obvio que nunca tendrán el reconocimiento ni del más mesurado de los plateistas. Y, sin embargo, entrenan, sudan, pitan, se equivocan. Cuando el color del dinero aún no había dislocado el cromatismo estricto del fútbol, ellos vestían de negro. Trillizas de petróleo, tangueros de pantalón corto, los investía, al menos, la elegancia: croupiers del off side, directores de la pompa fùnebre de la camilla, maestros de ceremonias en la tensa expectación del corner. Hoy fosforecen malamente en el carnaval televisivo.

Muchos soñaron alguna vez con ser un diez puro talento, un goleador certero, un defensor elegante o un celoso guardián, incluso, de la valla. Nadie supo jamás, en todas las generaciones de infantes de este siglo, del sueño de quienes prefieren cobrar un penal antes que patearlo. Nadie sabrá nunca cuál es el potrero, la escuelita, el semillero fértil donde germinan los árbitros de fútbol. Y, sin embargo, trotan, pitan, amonestan, se abochornan…